lunes, 4 de junio de 2012

Diario de lector DAMAS, PERRITOS, AMANTES Y OLVIDOS

El lector que escribe un diario relee la anotación anterior: un cuento recordado, perdido, recuperado, reconstruido. La historia detectivesca recuperada por García Márquez lleva al lector que escribe un diario a iniciar su propia recuperación. No es, en su caso, un cuento perdido, sino uno famosísimo. Todo el mundo lo conoce, pero el lector tiene con él una relación extraña: no puede recordar su trama. Es más, tiene grabada la frase inconclusa de un escritor al que admira: “es por eso que este cuento me gusta tanto”. El lector que escribe un diario no recuerda, aunque lo intente, qué era “eso” que al escritor tanto le gustaba. Busca el libro en su biblioteca: una pequeña antología de sus épocas de estudiante. Está –como todos sus libros- firmado y fechado. Treinta años no es nada, se consuela divertido. Y en esos treinta años ha leído no menos de treinta veces “La dama del perrito”. Y como esas tantas veces, el cuento se le escapa. ¿Cuáles son, piensa el lector que escribe un diario, los mecanismos de la memoria? ¿La desesperación por lo huidizo forma también parte de ellos? ¿Recordar algo como evanescente es tan recordarlo como sentir la fuerza de su presencia? El lector que escribe un diario vuelve a leer el cuento como si nunca lo hubiera leído. Y no es metafórica la expresión, porque vuelve a sentir la misma ansia que se siente ante un texto desconocido que se abre por primera vez. El texto de Chejov es, para el lector que escribe un diario, un nuevo texto de un autor conocido. El cuento habla de lo que se sabe y de lo desconocido que se supone. El inicio plantea una figura, una mujer sola con un perrito en un balneario de moda, y lo que el seductor construye a partir de lo que ve: “la expresión de su rostro, su aire, el vestido y el peinado le indicaron que era una señora que estaba casada, que se encontraba en Yalta por primera vez y que estaba triste allí”. La historia de la relación, una historia de amores clandestinos como tantas, recorre cuatro estaciones y en todas es el juego entre lo evidente y lo oculto lo que se pone en movimiento. Ana Sergeyevna inicia la relación con Gurov porque vivía “atormentada por un sentimiento de curiosidad”; el amante, por el contrario, “se aburría al escucharla. Le irritaba el tono ingenuo con que hablaba y aquellos remordimientos tan inoportunos; a no ser por las lágrimas hubiera creído que estaba representando una comedia”. Paradójicamente –el lector que escribe un diario sabe que en la literatura no hay paradojas- es en un teatro a donde va a buscarla Gurov, cuando reconoce que la dama del perrito no es para él una aventura de verano sino una sombra, un fantasma que “lo seguía por todas partes”. La rutina de la clandestinidad erótica impone la dualidad no sólo a la vida de los amantes sino al mundo. El tener dos vidas claramente diferenciadas le permite a Gurov comprender que “cada hombre vive su verdadera vida en secreto”. El lector que escribe un diario llega al final del cuento y vuelve a sentir –esta vez sí que recuerda la experiencia anterior- el mismo desasosiego: el cuento no termina. Cientos de miles de hojas leídas preparan a cualquiera para esperar un cierre más o menos definitivo, un desenlace de algún tipo. Pero este cuento no finaliza, sino que explica que “ambos veían claramente que aún les quedaba un camino largo, largo que recorrer y que la parte más complicada y difícil no había hecho más que empezar”. Y cuando llega a esta frase, el lector que escribe un diario vuelve a pensar en su amnesia selectiva, en este juego de lo que se dice y lo que se oculta y empieza a vislumbrar algo que podría funcionar como la justificación. La artificialidad de la literatura está, precisamente, en recortar un instante del fluir de la vida y contarlo como si verdaderamente hubiera tenido inicio, desarrollo y fin: otra vez, lo que es y lo que aparece. El cuento se rebela contra ese esquema, al menos en uno de los extremos: desde un inicio muy marcado, todo es llevado hacia un adelante perpetuo. Y el lector que escribe un diario piensa que esa es la marca viva de la lectura: un olvido perpetuo que no es traición, sino un alojamiento clandestino de los recuerdos que obliga a recomenzar a cada paso como si nada hubiera sido dicho, porque todo está abierto a la experiencia de empezar a leer.

domingo, 27 de mayo de 2012

Diario de lector EL PERSEGUIDOR

El lector que escribe un diario rescata de su biblioteca otro libro. Pequeño, austero: una tapa blanca orlada de rojo que sólo tiene letras, grandes letras.. La tapa está ocupada por apellidos que el lector ama, aunque tal vez en orden inverso. De arriba hacia abajo, la tapa dice García Márquez, Simenon, Maigret. Intercalados, más pequeños –el lector que escribe un diario lo siente una injusticia- van los títulos: “El mismo cuento pero distinto” bajo García Márquez; “El hombre de la calle” debajo de Simenon. Debajo de Maigret, el borde del libro. Al lector que escribe un diario le resulta agradable jugar con la idea de que Maigret se ubica, en esta tapa, justo frente al abismo, dispuesto a saltar hacia la vorágine de letras que se abre más allá de los frontispicios. El lector que escribe un diario piensa, entonces, que suicidarse en el mar de palabras es una gracia que sólo les es concedida a los personajes, seres de papel –diría Barthes- que de esa manera se aseguran la vida eterna. Maigret, ubicado al pie de la tapa, es el centro de todo el librito: un largo prólogo narra las desventuras del escritor colombiano en torno a un cuento leído y perdido una vez para ser buscado con intensidad otras muchas veces. El lector que escribe un diario sabe de esa búsqueda. García Márquez cuenta cómo, para matar el hastío en un hotel de provincia, encuentra una antología de cuentos policiales y lee uno de Simenon que lo impacta. Abandona el hotel, abandona el lugar y abandona el libro, pero no puede abandonar el cuento. En realidad, ni siquiera se trata del cuento: se trata de la sensación que tuvo al leer el cuento. A lo largo de los años buscará esa historia, sin más datos filiatorios que el nombre del protagonista y la leve memoria de un argumento que, ya se sabe, siempre es lo primero que se deshilacha en la memoria. Buscar un cuento de Simenon sin mucha especificidad es como buscar una aguja en el pajar: cuánto más le hubiera valido pensar en Rulfo, que escribió tan poco, y no en la máquina belga de producir historias francesas. Pero, seguramente, esa también es la gracia de la cosa y la desgracia de cualquier lector que, piensa el lector que escribe un diario, no es más que un perseguidor de recuerdos. ¿Qué queda de los libros leídos en la infancia? ¿Qué queda de las aventuras de Miguel Strogoff o de las alternativas de la vida de las Mujercitas de Louise May Alcott? ¿El detalle de las peripecias, la ilación de los hechos narrados, la lógica del desenlace? Difícilmente. ¿Cuántas veces se encontró contando una historia que había leído con deleite, ante la angustia de tener que detenerse cerca del final, olvidado del destino de los protagonistas? De esas lecturas, concuerda el lector, queda una imagen, un perfume, una sensación que constituyen, sin dudas, la base de la búsqueda, el incentivo para la caza. Una vez que se ha leído no queda más que seguir leyendo con la esperanza de reproducir las sensaciones pasadas. Leer, piensa el lector que escribe un diario, es alcanzar la insatisfacción perpetua. García Márquez relata las alternativas de la cacería: busca el cuento por años hasta que da con él. El lector que escribe un diario sabe que ese encuentro suele ser un punto de altísima tensión, concebido bajo la advocación de la maldición nerudiana: “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. ¿Se animaría hoy el lector que escribe un diario a revisitar Mujercitas o Miguel Strogoff? No, hoy no, hoy no podría. Tal vez en otro momento. Llamame más tarde. No es fácil, nunca es fácil volver al primer amor. El cuento de Simenon resiste la prueba: es, también, la historia de una pesecusión, de una cacería. Es también, curiosamente, una historia de amor. Maigret persigue durante días a un hombre por París. Esbelto, elegante, firme, orgulloso al principio, el relato se ocupa minuciosamente de dar cuenta de las pérdidas que, en el camino, van degradando a los adjetivos. Algo así, recuerda el lector que escribe un diario, como lo que le pasa al protagonista de “La ciudad de cristal” de la Trilogía de Auster aunque, en este último caso, es el perseguidor y no el perseguido, el que va mutando. Como las historias que se leyeron en la infancia, se van cayendo los brillos y los lustres; el andar erguido deviene cojera; el perfume, olor a ensalada fiambre y trasnochada, como la Maritornes que el santo patrono de los lectores supo confundir con princesa en una miserable venta del camino. Pero al final del relato, que es lo mismo que decir al final del camino, está claro que el perseguido ha triunfado: ha demostrado que allí, en el fondo, persiste un núcleo duro incorruptible, perpetuable, trasmisible. Algo que, pase lo que pase, sale mejorado de la prueba del tiempo. Como los buenos vinos. Como los buenos amores. Como las buenas historias. />

miércoles, 16 de mayo de 2012

EL EXILIO DEL RETORNO

Grupo Heterónimos presenta su primera antología de estudios sociales, El exilio del retorno, en la que se analiza una problemática doble: la de exiliarse, y la de volver. El libro puede ser descargado de manera libre y gratuita,en http://www.grupoheteronimos.blogspot.com.ar/2012/05/stylewidth420pxheight298px-namemovie.html Allí se puede leer un artículo mío sobre la obra de Roberto Cossa "Gris de ausencia". También es posible leerlo en http://issuu.com/grupoheteronimos/docs/el_exilio_del_retorno/1

lunes, 14 de mayo de 2012

Diario de lector ORGULLO Y PREJUICIOS

El lector que escribe un diario es, ya se sabe, un lector tradicional. Casi podríamos decir conservador, si no fuera porque la palabra le suena muy mal y jamás la escribiría en su diario. Por eso le extraña el regalo que acaba de recibir: una tableta para leer libros digitales, lo que debería traducirse como una tablet para e-books, en el spanglish de la jerga informática. El lector que escribe un diario ama los libros: le gusta su olor, su peso, su textura. Son para él, objetos tocables. El regalo viene con la enumeración de beneficios: es más liviana, los libros no ocupan lugar, podés llevar muchos con poco trabajo y está la posibilidad de conseguir muchos libros gratis. El lector presiente que lo que para el obsequiante son ventajas para él son pérdidas absolutas. Digamos, por ejemplo, lo del peso y lo del lugar. Los libros tienen, piensa el lector que escribe un diario, la ventaja de ocupar un lugar en el espacio. Eso que se llama biblioteca y que contra la pared junta polvo y arañas, es la presencia vital de la lectura. Los libros quietos revelan, para el lector que escribe un diario, la huella de su existencia y son la prueba de una actividad que no cesa: el libro ya leído recupera desde el estante la memoria de esa experiencia; el que falta por leer, remite a la angustia por la brevedad de la vida y al tiempo que no alcanza. Digamos, por ejemplo, cargar libros: en una época –cree el lector recordar un cuento de Piglia que con mucho humor hablaba de esto- existía la categoría de “sobaco ilustrado”, a la que también adscribe con entusiasmo aunque con muchísimos menos beneficios que antes. De todos modos, lo de libros gratis no deja de ser un anzuelo en el que, inevitablemente, un lector como el lector que escribe un diario –no del todo libre de pecados contra la propiedad intelectual privada- tenía que morder. Sumando a lo anterior la curiosidad y las ganas de dar una respuesta a quien la regaló, el lector que escribe un diario emprende la aventura de la lectura electrónica. Los libros gratis son clásicos, había dicho con pena el obsequioso, pero ya sabemos que el lector que escribe un diario suele invertir la carga valorativa. Envuelto en un universo de clásicos-bytes, decide bajarse (¿bajarse?) Pride and prejudice de Jane Austen. Le parece una buena idea leer con una novedad del siglo XXI una novela publicada cuando nacía el XIX, en una lengua que no es la que el lector usa para escribir su diario. Cruce de anomalías, el lector que escribe un diario piensa que no puede ser de otro modo, por aquello de pan con pan, comida de sonsos. Y frente a su vista, sin olor a papel y con muchos gramos menos, la tableta le devuelve eso de It is a truth universally acknowledged, that a single man in possession of a good fortune, must be in want of a wife, y el lector se pone a pensar si no sigue siendo absolutamente cierto es verdad universalmente reconocida que todo hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita esposa. Está bien que la gente hoy no se casa, o se casa menos y que no hay maneras a lo Austen, pero los prejuicios siguen y los orgullos también, y las parejas se van armando (y desarmando) por causas no tan diversas. Y si la lectura, sostiene el lector en más de un párrafo de su diario, es un pacto amoroso, no debe ser ajeno a los orgullos y los prejuicios. Y los contactos, los deleites sensuales –los olores, las texturas, los destellos- son parte del juego de la conquista. El lector que escribe un diario se siente chapado a la antigua, pero mientras desliza el dedo para que se abra un nuevo capítulo, no cree que esté del todo mal dejarse tentar por una aventura paralela con una amante muchos años menor.

lunes, 7 de mayo de 2012

Diario de lector VORAZ FUGACIDAD

El lector que escribe un diario encuentra un viejo volumen en su biblioteca. Se trata de uno de esos queribles libros de Minotauro, con su tapa azul y una imagen en blanco y rojo que el tiempo ha desdibujado. El lector que escribe un diario recuerda que el título se lo escuchó por primera vez a una profesora de literatura del secundario y que en esa época lo buscó y lo compró. Remedio para melancólicos era, en inglés, remedio para la melancolía y, en ese momento, era lo que estaba necesitando. El lector que escribe un diario toma el libro dispuesto a hojearlo y a ojearlo en busca del tiempo perdido, pero el índice está al final del tomo. El ojo se detiene en el primer relato: “En una estación de buen tiempo”. No se acuerda del cuento, pero le llega la voz de su profesora sosteniendo que debería traducirse como “En un lugar de veraneo” y que esa frase perdida lo había sumergido en una insoluble disquisición sobre las traiciones en la trasposición de los lenguajes. Con tanta carga, se sumerge en las primeras páginas del libro y en la estación de buen tiempo. Vuelve a sentir –como en tantas ocasiones- que nunca ha leído ese cuento, aunque encuentra el ejemplar marcado y anotado por su propia letra. Confirmado: nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. La historia es la de una pareja de turistas que llega a Biarritz. Él, fanático de Picasso, ha llegado al lugar sabiendo que por allí está veraneando su ídolo. “Desearía no haber oído nunca ese rumor”, dice el protagonista. La mujer le advierte que “tienes que olvidarlo o te arruinarás las vacaciones”. El lector que escribe un diario se detiene allí, en esa angustia. Estar cerca y no estar. Querer y no querer. Saberse cerca y querer huir. La letra del diario que escribe el lector sabe mucho de eso. La historia se desliza lentamente hacia el encuentro: la playa que se vacía al atardecer y deja sólo dos siluetas, tal como ha previsto el lector. El protagonista que estira la jornada y un viejo que recoge un palito de helado de la arena para dibujar a lo largo de la playa lo que el fanático había esperado de su ídolo: una obra única y exclusiva. Picasso dibuja en la arena un cuadro inexistente, jugando como un chico. Y cuando ve que no estaba solo, sonríe con ingenua complicidad y se va. Picasso no ha podido darle mayor dolor: lo ha atado a la elección, piensa el lector que escribe un diario. Lo ha condenado a elegir entre quedarse mirando la obra de la que es el único espectador o caminar detrás del hombre que más admira. Pero más aún, lo ha condenado perpetuamente a la fugacidad. Cualquiera sea la decisión que tome, será la de intentar detener lo que sólo puede irse: el hombre viejo que retoma su caminata en la arena, el cuadro que amenaza el mar. El protagonista se revela por un segundo y piensa las más absurdas soluciones: conseguir una pala para arrancar un fragmento, buscar un albañil para que tome un molde de yeso, correr hasta el hotel para traer la cámara de fotos. En su desesperación, el hombre recorre la lista de los simulacros que los hombres han construido para combatir la fugacidad y termina por saberse condenado. El protagonista se dedica a mirar, a mirar con fruición, hasta que no puede más. Hasta que la oscuridad y la marea le avisan que no hay más. Ni habrá más nunca. Cuando regresa al hotel, la mujer lo nota raro. “¿Te alejaste mucho nadando y casi te ahogas?”, aventura como respuesta y el hombre le contesta que sí, que efectivamente eso le ha sucedido. El lector que escribe un diario piensa que nunca ha leído una respuesta más sincera en su vida.

lunes, 30 de abril de 2012

Diario de lector: FONDO Y FRENTE

La vecina del lector que escribe un diario no se da tregua en su colección de crímenes. A veces suele convidarlo con una pasta frola casera y, de paso, traerle un libro. Vuelve a la carga con Márkaris, porque ha creído entrever en el lector que escribe un diario cierta flaqueza en el comentario de la lectura de Noticias de la noche en relación con el entusiasmo que genera la aparición de la pasta frola. El lector que escribe un diario se ve obligado, aquí, a releer lo que se puede leer debajo del título “LA FEALDAD DE ATENAS”. El lector que escribe un diario escribe el diálogo –por momentos atormentado por la masa y el dulce de membrillo- en el que él señala como mérito principal la construcción de una buena trama y la preferencia de la vecina por la descripción de un contexto social vívidamente mostrado. Y en consonancia con esa preferencia, detrás de la fuente, la vecina esgrime Con el agua al cuello. Léala y cuénteme. El lector que escribe un diario se interna nuevamente en una Grecia atormentada, tal como puede leer en el diario o atisbar por la televisión. Los cortes de calles por piquetes –¿cómo se dirá piquete en griego?- de ahorristas estafados por los bancos son los obstáculos principales que enfrenta el comisario Jaritos, elevado ya desde la tapa de este libra a categoría de marca registrada: el volumen negro de la serie Andanzas de Tusquets tiene la silueta blanca de un hombre tras el que se levanta un Partenón y el nombre de Kostas Jaritos resaltado. Y al lector que escribe un diario le resultan patéticamente conocidos, claro. Esta vez, siente el lector que escribe un diario, la novela se juega por el contexto. Siguiendo el clásico esquema negro de un investigador-un enigma-una situación, Con el agua al cuello sigue el juego de la tapa del libro: pone blanco sobre negro, trae el fondo al frente. La crisis es, a la vez, personaje y asunto. El crimen –los crímenes-, la excusa para ambientar. Márkaris da vuelta, piensa el lector que escribe un diario la estructura del género, sosteniendo a la vez un claro –tal vez, rígido- esquema estructural. Los representantes de organismos internacionales de crédito, los inmigrantes que escapan de la miseria de África o de Europa Oriental, los comerciantes quebrados, los trabajadores a los que se les recorta el sueldo, la suba de la edad jubilatoria, los corruptos que se enriquecen en la catástrofe, los banqueros que especulan obscenamente son, cree leer el lector que escribe un diario, el verdadero crimen que se investiga. Y, por supuesto, no puede faltar la frase de Brecht, que el lector ha visto ya como epígrafe en tantos libros que piensa que está vaciándose de sentido, como las cuentas y los ahorros. Paralelamente se desarrolla la historia de la vida de Jaritos, quien, en comparación con la novela anterior, ha comenzado a tomar más cuerpo y más humanidad. Menos recortado en su esquema de policía-que-lee-diccionarios-casado-con-mujer-gruñona, una especie de Maigret con menos suerte podría decirse, ahora le pasan cosas en su vida familiar. Cosas, por supuesto, relacionadas con la crisis, el recorte de sueldos, el desempleo, los ahorros, el futuro. Los personajes que lo acompañan se destacan un poco más en torno a la silueta del investigador: el jefe ya un poco menos malo, el periodista que le gusta, el amigo comunista, el ministro insoportable, todos aparecen moviéndose claramente en el rol asignado. Como si la continuidad de la saga obligara a cada personaje a definirse claramente como una función –el lector que escribe un diario sonríen recordando al viejo Propp- en relación a las necesidades del protagonista. Por eso al lector que escribe un diario esta novela le gusta menos que la anterior. Le parece que la receta está más conocida, más aprendida, más claramente definida, mejor ejecutada. Pero el lector que escribe un diario suele ser de esos lectores que prefiere las superficies ásperas y rugosas por las que suele moverse mucho más cómodamente la pasión. Superficies mucho más parecidas al enrejado de tiras de masa dulce sobre un fondo de membrillo.

martes, 17 de abril de 2012

Diario de lector LECTURA PIN

El lector que escribe un diario ha sucumbido a la publicidad y, pese a sus costumbres, ha comprado un libro que se promociona como la novedad del año. El libro es grande, gordo y sus más de 600 páginas prometen el placer de una buena novela. El título, piensa el lector, es pretensioso, Libertad. Semejante palabra no puede menos que despertar recelos: pasan por la cabeza del lector que escribe un diario todos sus fantasmas. Un título así se le permite a Tolstoi –el autor, Jonathan Franzen, volverá a él durante la novela una y otra vez- pero más allá del siglo XIX es una cuesta difícil de repechar. Al menos que… El lector que escribe un diario se adentra en la historia de la familia Berglund. La novela tiene el aire de las novelas totales, aquellas que enfocan en unos personajes para dar cuenta de una época, un país, una sociedad. El lector busca en su memoria y se le aparecen Pastoral Americana de Roth e, incluso, Middlesex de Eugenides. Las genealogías, las historias familiares se transforman en metonimias abarcativas, amplias, prácticamente universales, si es que entendemos por universo la sociedad (norteamericana) de determinado periodo de la historia. En esta novela están todos los tópicos que pueden bien pensarse, escribe el lector, desde la década de 1970 al presente: la ecología, la (in)justificación de la guerra de Irak, el sexo-drogas-rockandroll, la corrupción, los amores clandestinos, la ortodoxia religiosa, la discriminación racial, la educación de los hijos… Es prácticamente una enciclopedia del pensamiento políticamente correcto, piensa el lector cuando se detiene a releer la enumeración de temas que acaba de escribir. Así como en algún momento, sigue pensando el lector que escribe un diario, Rayuela fue la enciclopedia de lo que había que leer y lo que había que escuchar y lo que había que vivir, esta novela parece proponerse como el manual del izquierdista feliz. ¿Y la libertad prometida? Llegado a este punto, el lector que escribe un diario siente la necesidad de dejar aclarado que la novela es muy atractiva: no se puede dejar de leerla porque está bien escrita. Aunque el lector que escribe un diario piensa que tal vez se vea como una hermosa mujer, un bello hombre, que tienen todo en su lugar, como debe ser para merecer los calificativos, pero… Y aquí el lector que escribe un diario se rinde ante la impresionante potencia del pero. La novela se inicia con una Patty Berglund que constituye el prototipo de la buena vecina, la buena madre, la perfecta esposa, la amiga ideal. Y 600 páginas y unas décadas después, pasadas la depresión, la mudanza, el divorcio, el amor frustrado, la fantasía del suicidio, el nido vacío, Patty Berglund vuelve a repartir masitas caseras entre los vecinos, antes de partir hacia un futuro mejor. El lector que escribe un diario no puede menos que sentirse frustrado: las 600 páginas anteriores al final no merecían un happy end a lo Hollywood, que al lector le encanta en las películas rosas, en las novelas mejicanas, en los dramones de Suar… Traición de género, tal vez, sería la fórmula para calificar esta situación. A menos que… La sospecha está ahí, y el lector que escribe un diario no puede hacer nada para ahuyentarla del todo. ¿Y sí…? Claro, el lector está ahí, sólo, con su libro. ¿Dónde recurrir, a quién preguntar? No a los comentarios que se dividen entre los que cantan loas a la novela que busca la salvación de la reinita celúrea o los que se enferman con la pacatería insoportable de Walter, Patty, Richard y toda la compañía. El mismo nombre del pájaro en extinción al que el protagonista dedica esfuerzos desmesurados por salvar, cree el lector, puede ser una pista. La novela, decide el lector, está escrita en clave irónica: nada puede ser tomado demasiado en serio, sino como una payasada más. ¿Cómo saberlo? ¿Dónde encontrar las claves para tal afirmación? ¿Qué contexto, que opinión, que dato histórico, qué declaración anexa le permite llegar a este punto? El lector que escribe un diario decide que no lo va a buscar, que no va a rastrear en el perfil del autor, en entrevistas a la prensa, en la visión de los críticos especializados, en otras obras escritas por la misma mano. El lector que escribe un diario decide que esta clave será su propia y exclusiva clave de lectura, como en el cajero automático del banco. Lectura PIN, planea llamarla. Porque es la que le permite ingresar al sistema y hacer todas las operaciones que desee. Total, es su propia cuenta. Total, es su propio libro. Total, es su propio diario. Su libertad.