martes 24 de noviembre de 2009
El Buda
El hombre de traje llegó a un bar, el de costumbre, y se sentó en una mesa junto a la vidriera. Hacía frío pero el sol le daba a la mañana un sentido de calidez que por sí sola no tenía.
Acomodar el bastón le llevó un buen tiempo; no suele haber en los bares sitios apropiados para apoyar los bastones, lo que no deja de ser una falta de consideración por parte de los dueños de los locales. El mozo permanecía junto a él, de pie, mientras el hombre de traje luchaba con su bastón, que insistía en resbalarse. El mozo parecía una estatua de mozo y no se interesaba por los inconvenientes que su bar –el bar donde trabajaba- causaba a los clientes con bastones, lo que por cierto irritaba profundamente al hombre de traje que, así y todo, seguía prefiriendo ese bar. Cuando el problema del bastón se solucionó, el hombre lanzó un profundo suspiro y pidió un cortado.
- ¿Medialunas?
- No, gracias.
El mismo diálogo se repetía todos los días, sin que a ninguno de los dos les resultara extraña la reiteración.
El hombre de traje compró el diario a un pibe que pasó por la vereda. Sacar las monedas del bolsillo del saco fue otra tarea compleja en la que invirtió una buena porción de tiempo. Una vez hecho, se puso a leer con profunda atención, atención que no perturbó la llegada del hombre rubio y alto, cuya secuencia de acciones incluyó saludar al abrir la puerta del bar, caminar hacia la mesa ocupada por el hombre de traje, pedir un café dirigiéndose al mozo que estaba parado inmóvil junto al mostrador, sacarse el abrigo y sentarse mientras decía cómo anda todo, doctor. La respuesta del hombre que leía el diario no la pudo distinguir el mozo que, en perfecta sincronización, apoyó en ese instante la taza sobre la mesa.
El hombre de traje al que el otro había llamado doctor terminó la lectura del artículo, cerró y dobló el diario al tiempo que decía estaba viendo esto sobre el colesterol, qué interesante. Cuando el diario estuvo cerrado, empezó la reunión.
- El tema Corvalán me está preocupando, doctor –dijo el hombre rubio.
- ¿Por?
- Hay un seguro que no sale. Como si estuvieran desconfiando.
- ¿Qué sabés?
- Fue un investigador de la compañía a lo de la viuda. Estuvo haciéndole preguntas...
- Decime, che, ¿Corvalán es el de Avellaneda?
- Sí, ese.
- ¿No había habido algún problemita antes?
- Sí, doctor. ¿Se acuerda que en el Banco Provincia nos rechazaron la beneficiaria que pusimos, porque no era familiar directo y que tuvimos que hacer un cambio y la llevamos a la mujer?
- Sí, ahora que lo decís me acuerdo. Pero eso quedó solucionado, ¿verdad?
- Sí, ese no es el problema. Le dimos dos pesos a la mujer y cobramos todo. Los que están sospechando son los de Galicia Seguros.
- Pero el expediente judicial está cocinado – la voz del doctor venía cargada con pregunta, reproche e indignación creciente – El abogado de Dolores me mandó copia de todo.
- Sí, perfectamente. Todo listo. Pero si revuelven, pueden abrirlo.
- No van a reabrir un expediente de un mugriento ahogado en la laguna de Chascomús. Tendrán cosas más importantes para hacer.
- Pero si la aseguradora les lleva pruebas...
- ¿Pruebas? La aseguradora tiene por norma negarse a pagar los seguros; algo tienen que inventar. Además, el de ellos es un campo limitado para investigar: no pueden andar exhumando cadáveres y ordenando reautopsias. De todos modos, hay que estar atentos. ¿Hablaste con la viuda?
- Sí, le dije que eran inspectores del gobierno por lo de la pensión. Que les dijera que estaba divorciada para que se la dieran.
- ¿Y te creyó semejante disparate? Ángel, estás bajando el grado de inteligencia en tus actuaciones.
- No, doctor, más vale que me creyó. Usted no sabe lo que es esa mujer. Villa, villa. Ni un gramo de cerebro – Ángel reía nervioso, molesto por la línea de desprecio que había en las palabras del doctor.
- Está bien, hay que prestarle atención a eso– el desprecio no se borraba de la expresión del doctor; es más, empezaba a aparecer algo así como una mezcla de furia que Ángel no dejaba de percibir aunque hubiera sido totalmente invisible para cualquiera que lo mirara.
- Hay otra cosa más – Ángel se concentró en la cucharita, en la taza de café vacía, en la servilleta arrugada. El tono hizo que el doctor levantara la vista –la vista, no la cabeza- un milímetro, inequívoca señal de alarma para quien, como Ángel, conocía el lenguaje minimalista de sus escasos gestos. Los ojos del doctor ahora perforaban.
- Es Héctor. Anda como queriendo abrirse.
- Sacátelo de encima – el tono con que el doctor lo dijo denotaba que no veía cuál era el tan grande problema.
- Sí, seguro. Pero estoy buscando cómo. El asunto es que lo tengo en varias carpetas, en sociedades. Además, la mujer es la que debe cobrar el seguro de Corvalán y no quiero despertar más sospechas por ese lado.
- Ángel, repito que me parece que tu inteligencia está en baja. ¿Por qué cerraste tanto el juego en torno a Héctor? ¿Con qué documentos hizo los trámites?
- Con varios, con eso no hay problemas. Él no aparece por ningún lado. Pero sabe mucho y está con miedo. Le mandé un allanamiento, con un fiscal conocido, a ver si escarmienta. –Ángel se sentía como un mal alumno tratando de aprobar una materia ante un profesor exigente.
- Bueno, al fin una a favor –el fastidio del doctor era evidente en el elogio - ¿Le armaron alguna causa?
- No, fue eso no más. Por ahora anda quietito – Ángel sintió que podía llegar al cuatro y zafar del aplazo.
- Hay que vigilarlo e ir cerrando todos los puntos en donde anda metido. Cuando la mujer cobre, despachálo como mejor te parezca. Pero sin ruido. Que no aparezca en la televisión, quiero decir – había intención en la voz imperturbable del doctor. No era una metáfora y Ángel lo entendió así
- No se preocupe, doctor. Lo de Rueda tuvo que ser de ese modo, porque no había otra manera. Era un tipo pesado, siempre andaba calzado, con matones por todos lados. No lo iba a arreglar con una piña y a la laguna. Tuve que usar un profesional. Además, se la tenían jurada tantos que no van a saber jamás de dónde llegó el tiro y todo va a quedar ahí nomás. Le hicimos un favor a la sociedad.
- Ah, muy generoso de tu parte – el doctor parecía totalmente concentrado en las maniobras que una mujer ejecutaba para poder caminar la cuadra entera empujando un cochecito de bebé - ¿Y el judío del Once? ¿También una obra de caridad? No me puedo acordar el nombre del moishe... Medio país lo vio por Crónica TV.
- Doctor, un judío menos...- Ángel buscó aliviar tensiones. Sólo logró que el doctor dejara de mirar a la mujer y al cochecito y le clavara los ojos, ojos que prácticamente no se veían entre los pliegues de su cara gorda. La voz, otra vez fue la voz, la que le trasmitió una electricidad que le tensó el cuerpo.
- No te me vengas a hacer el gracioso, porque no está el horno para bollos. ¿O te creés que era un albañil de Avellaneda, o el remisero al que le robaste la mina, o la vieja del restaurant? ¿Te creés que el ruso no tenía contactos, no tenía relaciones? No podés jugar a Rambo con esa gente. No son pelotudos del medio del campo como los que vos estás acostumbrado a tratar, son otra gente. ¿Qué te pasó? ¿Se te rajó el guionista? ¿No podías haber inventado otra como la presión alta de la vieja o la moto del falopero? ¿Ves cuando te digo que se te está terminando la inteligencia, Ángel? Pensar que lo que más me gustaba de vos era el ingenio y termino descubriendo que no sos más que un matón de cuarta.
Ángel volvió a la concentración de la borra del café. Entre los dedos torturaba un sobrecito de azúcar.
El doctor tomó un trago de agua del pequeño vasito que el mozo había dejado sobre la mesa. Volvió a mirar un rato largo por la ventana. El sol a pleno le daba animación a la calle, a pesar de que la arboleda era demasiado frondosa para la época del año. La gente comenzaba a llegar al bar en grupos. Oficinistas, empleados de menú ejecutivo por cuatro pesos. El doctor habló en medio del bullicio de los nuevos clientes, pero sus palabras fueron absolutamente claras.
- Te cuento que me vino a ver otro secuaz tuyo.
Esta vez el alarmado fue Ángel. Crispado, rompió el sobrecito y derramó el azúcar. Hizo un gesto de disgusto. Nada más molesto que los granos de azúcar.
- El flaco alto, pelado, tu chofer. Ese también anda con ganas de rajarse. ¿También le mandaste un allanamiento o te olvidaste?
Ángel tomó aire, se mordió el labio. No dijo nada.
- Ocupáte, Ángel, porque si no me voy a tener que ocupar yo – el doctor comenzó a pararse con la misma dificultad con que se había sentado. Cuando estuvo de pie, con el bastón en la mano, cuando hubo retirado la silla, cuando se hubo acomodado el saco, lo volvió a mirar fijamente
– Y ya que estás, pagame el café – y se fue, saludando al mozo impertérrito con una leve inclinación de cabeza.
martes 17 de noviembre de 2009
Roxana
- Nos vio. Te digo que nos vio. Estaba espiando ahí – la mujer chillaba mientras buscaba desesperadamente con qué taparse la desnudez.
- No seas tonta, vení – el hombre intentaba retenerla en la cama
- Te digo que yo lo vi, lo vi. Recién estaba en la puerta, espiando. Mogólico hijo de puta, qué hacés mirando – la mujer buscó en el piso hasta que encontró una zapatilla y la tiró contra la puerta abierta. Nadie recibió el golpe.
El hombre se levantó con un resoplido y caminó fuera de la habitación como para demostrarle a la mujer que todo era una falsa alarma. Lo vio tratando de esconder su cuerpo fofo y torpe en un rincón del pasillo.
- ¿Qué hacés acá? –alcanzó a gritarle, antes de verlo salir corriendo hacia la puerta de calle. El hombre furioso corrió tras de él, pero se detuvo cuando se dio cuenta de que estaba desnudo.
Volvió a la habitación, la mujer estaba vistiéndose a toda velocidad.
- Tenés que pararlo. Tenés que sacarlo de acá. Mandarlo a un algún lugar, internarlo. Es un asco, es un asco. Andá a saber desde cuándo nos estaba espiando. Ahora andará por ahí, escondido, babeándose. Es un asco, es un asco, es un asco. – la mujer movía la cabeza y lloraba de rabia.
El hombre se vistió sin decir palabra. La mujer entró al baño, sin dejar de repetir asco, asco.
El hombre bajó a la cocina. Desde la ventana de la cocina veía la casa de los caseros. Supuso que Guillermo habría ido allí a esconderse. Asustado, podía quedarse mudo o hablar sin parar. Roxana había hecho demasiada alharaca. No había sido una buena idea traerla acá, era más seguro en la casa de ella. Ya sabía para la próxima, aunque su mujer viajara, este no era un buen lugar. Mucha gente venía, mucha gente pasaba por la quinta frente al cerro El Triunfo. Y encima se había olvidado de Guillermo. Ahora tenía que pensar qué hacer con él.
- Te llevo –le dijo sin volverse cuando la sintió entrar a la cocina.
- No pretenderás que me vuelva caminando – cuando estaba furiosa, era hiriente y le gustaba serlo. Subieron al auto. Se detuvo donde la dejaba siempre, a unas cuadras de su casa.
- Tu marido no está – le había dicho – Yo lo mandé a Avellaneda.
- Ángel, ¿no te parece que ya ha sido suficiente por hoy? – la indignación le salía por los poros.
- ¿Suficiente? La verdad, no alcanzamos a hacer mucho que digamos.
- No es gracioso lo que pasó.
- Pero podemos olvidarnos
- ¿Cómo querés que me lo olvide? Vos porque no lo viste, con esa espantosa cara mogólica que tiene. Me dan asco los retardados y éste estaba ahí, espiándonos, no sé, haciéndose la paja, un asco.
- No empecemos otra vez, en una de esas te pareció y no vio nada.
- Estaba ahí desde antes, me juego. Estaba desde el principio.
- Lo hubiéramos sentido.
- Es como un gato, ¿no viste que nunca hace ruido? Los retardados son así, medio animales. Ahora andá a saber qué está diciéndole a quién.
- Mañana veo qué hacemos.
- Además, ¿por qué lo tenés que tener en tu casa?
- Vos sabés, es mi hermano.
- No es tu hermano.
- Está bien, lo crió mi madre, es una forma de decir.
- Y bueno, que se ocupe tu madre.
- Ella no puede.
- Buscále alguna solución, no lo quiero ver más en mi vida. ¿Oíste? – se bajó golpeando la puerta con fuerza.
Al día siguiente, Ángel habló con Darío, el chofer.
- ¿Tu vieja no querrá ganarse unos pesos? – le dijo, cuando lo pasó a buscar para ir a Buenos Aires.
- ¿Cómo?
- ¿No lo quiere a Guillermo? Tiene una beca del gobierno, por discapacitado. Te pagan 600 pesos por mes y casi nunca van las asistentes a inspeccionar. Con mucho menos que eso le das de comer y no es demasiada la atención que precisa. Se baña solo, no se hace encima. Cuando mucho, lo sacás a pasear. No es más trabajo que cuidar a un perro.
Darío le dijo que seguramente sí, que no sería mala idea, que un peso nunca está de más.
Darío dirá, después, que le pareció que se lo estaba ofreciendo como un negocio. Que la madre se ocupaba habitualmente de cuidar gente enferma, había tenido alguna viejita como en pensión. Que, sin ir más lejos, el Gordo, cuando se separó, había ido a pasar algunos días a su casa. Que todo esto se cortó cuando Darío empezó a tener miedo y le contó a su madre lo que le había dicho Héctor y su madre inventó la historia del anónimo y Ángel le dijo sí, es cierto, pero probámelo.
También dirá Darío que a Guillermo le desapareció el documento y que eso, con lo que él ya sabía, sólo podía querer decir una cosa, una cosa que ni se animaba a mencionar. Que por esos días en que Guillermo fue a vivir a la casa de su madre se enteró de que figuraba como presidente de empresas y como propietario de una casa de cotillón que era la pantalla que tenía el hermano de Ángel. Que era un pobre chico Down, muy bueno, bastante estimulado. Y que, definitivamente, no fue Guillermo quien dio la noticia de que Ángel andaba con Roxana, la mujer del remisero que apareció muerto en una zanja en medio de la inundación, porque de eso estaba enterado todo el mundo en Balcarce, que ya se sabe, pueblo chico infierno grande y no es posible esconder nada a la vista de los vecinos por demasiado tiempo. Y que, cómo decían todos por ahí, de dónde iba a sacar la plata para vestirse como se vestía, para levantarse las tetas que parecía que las tenía en un balconcito, para reacondicionar la casa a nuevo, cambiando todos los artefactos incluyendo una heladera que tiene una canillita para sacar directamente jugo frío sin necesidad de abrir la puerta. Y todo esto, además, lo tenía que conocer el marido, pero que se hacía el estúpido para pasarla bien. Porque qué era Eduardo antes de conocerlo a Ángel sino un pobre repartidor de soda que hacía turnos en la remisería de Bagley. Y de la mañana a la noche empezó a aparecer con un auto nuevo, y al tiempito nomás lo cambió por otro. Sin contar la ropa, y los viajes, y el pago yo la vuelta. Hasta que les dijo a los otros remiseros en qué consistían los negocios de Ángel. Un bocón, en realidad un bocón mareado porque empezó a manejar mucha plata de golpe, plata que no era de él, es cierto, pero de la que algo le quedaba siempre. Es de suponer que les contó a los remiseros los de las “picardías comerciales”, como las llamaba el Gordo, para defenderse, porque lo que en el pueblo circulaba era que la sospecha de que manejaban droga. Y eso no es cierto: que el Gordo fuera un adicto perdido, que se daba hasta con Vascolet no significaba que Ángel se metiera en eso, porque ese negocio tiene otros dueños. Al menos, eso le dijo el comisario cuando fue a verlo, porque ya no sabía a quién ir a ver, para poder salir del infierno en que se había metido.
Ahora, si la pregunta es si Roxana decidió el fin de su marido, no es fácil saberlo, dirá Darío. Está de por medio la historia que contó Norma, de la huida con la piba de Avellaneda y los 80 mil dólares de Ángel. Pero también están los seguros: uno por 100 mil, otro por 300 mil y otro por 200 mil. Dólares, está claro que hablamos de pesos dólares, de la época de Menem. Además, la cláusula decía que los montos se duplicaban en caso de accidente. Y en este caso, fueron mucho más cuidadosos, dirá Darío, después, cuando hable ante quien lo escuche: los beneficiarios fueron Roxana y Ángel.
Roxana cobró. Ángel está preso.
martes 10 de noviembre de 2009
DECIDIENDO FINES
Las Pircas
Las sierras de Tandil son más lindas que las de Balcarce, dijo Juan, por decir algo. Como era decir por decir, Héctor no respondió, o sólo hizo una mueca, o quizás alcanzó a decir ahá. Las sierras de Tandil estaban ahí, atrás de la estación de servicio, la que está sobre la ruta 226, en el cruce con el camino del Golf. Héctor y Juan fumaban y pateaban piedritas. Había pocos autos, la ruta estaba tranquila por demás.
- Se está poniendo fresco, dijo Juan, pero Héctor le hizo señas de que no entraran a la confitería.
- Necesito un café, insistió Juan, pero Héctor le recordó que la gente del lugar lo conocía a Ángel, y que en algún momento habían hecho negocios con él. No podían hablar tranquilos adentro.
- Pero ¿qué van a pensar entonces que hacemos solos acá afuera?
- Que piensen lo que quieran, dijo Héctor, pero que no oigan nada. Total, ya va a aparecer Ángel y vas poder tomarte tu café.
Fumaron un rato sin decir nada.
- ¿Lo viste a Rueda en Crónica? –preguntó de golpe Juan, que no se aguantaba el silencio.
- Sí. ¿Y ahora qué hacemos?
- Cinco tiros le metieron, pobre. Estaba igualito en la tele. Cómo les gusta a estos de Crónica meterse con la sangre: lo enfocaban de ahí nomás, la cara, las manos, todo se le veía al finado.
- Me da asco verlos.
- Ángel no le hace asco a nada.
- ¿Vos decís que...?
- ¿Y qué te creías? Financista, decían los de Crónica. Financista de Temperley muerto en el acceso Sudeste. Lo ascendieron, al pobre Rueda. Prestamista no queda tan bien. Y usurero, menos. Lo tenía apretado a Ángel con un montón de cheques. Quería cobrar, el hombre. Y cobrar, lo que se dice cobrar, cobró.
- ¿Ángel, en persona...?
- Ah, eso sí que no lo sé, pero Castillo tiene una motor home Mercedes Benz de 25 mil dólares. Nuevita, reluciente. ¿De dónde la sacó Castillo?
- Pero Castillo es hombre de Rueda.
- Vos sabés cómo son estas cosas. Hoy acá, mañana allá.
- Y yo que pensé que era un buen tipo.
- Buenísimo será. Yo sólo dije que tiene una casilla nueva. Las conclusiones las estás sacando vos.
- Juan, esto cada vez me gusta menos. Me quiero abrir.
- Hermano, vos y yo estamos hasta las manos. Me salió en verso, pero es verdad. ¿Te pensás que va a ser fácil?
El ruido de un motor llegó desde la curva del lado de Mar del Plata. Rebotó contra las sierras, por lo que cuando vieron la casilla ya había pasado el sonido. El ruido retrocedió porque el vehículo disminuyó la velocidad e ingresó en el playón de la estación de servicio. Rodó sobre las piedras y se detuvo junto a los autos de Héctor y Juan. Gerardo Castillo saludó sonriente.
- ¿Qué tal el chiche nuevo? – preguntó con entusiasmo al bajarse – Mírenlo bien, una joyita.
- Cómo te nos vas para arriba, Gerardo – le contestó Juan.
- El jefe se la sacó a uno que no le pagó. Está impecable.
- Y qué potencia, hermano - Juan se jactaba de sus conocimientos de mecánica. Gerardo dejó el motor regulando, como para que el otro apreciara la máquina.
Héctor no dijo una sola palabra.
Cuando Ángel llegó, los tres estaban en la confitería tomando café. Darío, el chofer, se quedó con el auto, mientras los cuatro iniciaban la reunión.
- Hay que darle un corte a algunas cosas. La cuenta de Corvalán, por ejemplo, se cayó y hay que ir terminándolo.
- ¿Cómo? – preguntó Héctor.
- Ya se está ocupando el Gordo. Los seguros alcanzan para tapar los agujeros así que vamos a ver si los podemos ejecutar. Por ahí vemos de comprar un cadáver para hacerlo pasar por Corvalán. Tu mujer va a tener que ir a cobrar, Héctor.
- Como digas, Ángel – la voz le salió bajita, bajita.
- ¿Y a Corvalán, qué lo hacés? –preguntó Juan.
- Lo mandamos a Misiones. De eso les quería hablar. Vos, Héctor, sobre todo, y vos también, Juan, van a tener que irse también. Al menos por un tiempo. La cana me está pidiendo mucha guita y ustedes son caras muy conocidas. Hicieron demasiadas carpetas y por ahí se va a filtrar algo.
- Vos estás loco, Ángel – dijo Héctor - ¿Cómo me voy a ir a Misiones?
- Te tenés que ir, no te estoy pidiendo opinión.
- Si no me explicás las cosas mejor, no me voy a ninguna parte.
- Héctor, no estás en condiciones de decir nada. Primero, porque vas a ir en cana. Segundo, porque si no lo hacés, se cae todo, y eso no lo vamos a permitir.
- ¿Y qué voy a hacer en Misiones?
- Algunas cosas tenemos allá. Lo que necesito es que desaparezcas por un tiempo.
- ¿Y cómo sé que voy a llegar sanito a Misiones? – Héctor tenía la pregunta atragantada en la garganta. Le costó hacerla, pero la voz le salió firme. Tan firme como la respuesta de Ángel:
- No lo sabés.
Ángel, furioso, se paró para ir al baño. Gerardo se levantó y se fue a llevarle un sándwich a Darío.
- Rajémonos, Juan, que esto se pone espeso. – Héctor le había agarrado la mano a Juan.
- ¿A Misiones? – Juan no dejaba de mirar por la ventana. Las sierras casi ni se veían. En invierno se hace de noche temprano.
- ¿Estás en pedo?
Juan no contestó ni dejó de mirar hacia la noche. Héctor se paró y fue hasta el kiosco. Compró otro atado de Marlboro. Intentó encender un cigarrillo, pero el encendedor se atascó. Lo tiró al piso con fuerza y le pidió fuego al encargado.
Ángel volvió del baño y parecía otro. Caminaba tranquilo y tenía una leve sonrisa.
- Hoy quédense en algún hotel de acá. – les dijo en un tono de voz que no era el de momentos antes.
Y les dejó plata suficiente como para comprar un departamento. Tiempo después, Héctor dirá en los tribunales que se fueron al mejor hotel de Tandil, que al día siguiente hicieron algunos contactos buscando un sitio seguro, que más tarde volvieron a Necochea con el mismo objetivo.
Encerrados los dos en un departamentito inmundo de la zona de Quequén, fumaban y miraban televisión, tirados en la cama. Juan no se desprendía de Crónica TV. Asalto en Florida. Persecución en Boedo. Atraco en Cariló. Detenidos en Hurlingham. Héctor, tiempo después, contará en la fiscalía lo que sintió esos días, cuando trataba de entender qué estaba pasando. Encerrado con Juan, cerca del puerto de Quequén, trataba de analizar la situación, mientras Juan consumía horas de crimen en vivo y en directo.
- No te calentés, Héctor. Te va a doler la cabeza de tanto pensar – le decía.
Hasta que, en un momento dado, Héctor se animó a preguntarse en voz alta de qué se estaban escondiendo. Y, más aún, por qué Ángel estaba siendo tan generoso con ellos, dándoles la guita que les había dado después de la discusión en Tandil.
- Yo me voy a casa, Juan. Acá me voy a volver loco.
Marisa le dijo que había pasado Ángel y que ella no lo había dicho donde estaba él. Que también le había avisado que tenía que cobrar una plata.
A los pocos días, a Héctor le allanaron la casa. Mientras le hacían el allanamiento, Ángel lo llamó por teléfono para ver cómo andaba todo.
Un año y medio después, Héctor estaba preso. Juan, no.
martes 3 de noviembre de 2009
LA BANDA (bis)
La casa del campo estaba sobre la ruta. Un camino bordeado de árboles llevaba hasta un casco de estilo colonial, recientemente pintado de rosa. Rejas negras, macetas con malvones le daban un aire señorial, de dignidad y solidez. Cara, sin dudas, muy cara. Adentro, el plastificado del piso tarugado reflejaba las llamas de la chimenea con un exceso de brillo artificial, sutil pero notorio. Cortinados floreados de raso, alfombras importadas, sillones de algarrobo falsamente rústicos. Una gran mesa con doce sillas. Cuadros con dibujos de cabezas de caballos. Hierros para marcar animales pintados de negro, cruzados como espadas sobre las paredes blancas. Una reja arrancada de una vieja ventana como biombo. Colgados de ella, aperos criollos. Un bar con bancos altos y una bodega de madera oscura que dejaba a la vista una gran cantidad de botellas.
- Tinto, todo. Porque a mí el blanco no me gusta.
La primera botella la abrió cuando todavía no se habían quitado los abrigos. No se privó de decirle el precio, ni que se trataba de una edición limitada. Miguel Ángel dijo que a él le gustaba más la cerveza, pero aceptó la copa de vino porque el Gordo se le rió en la cara y le dijo que tenía que aprender a tomar, que él le iba a ayudar. Miraba para todos lados, asombrado, y no dejaba de repetir qué casa que tenés, Gordo.
La novia de Miguel Ángel había adoptado una posición diferente. Distante, cosa que no se le notara la admiración.
El Gordo había comprado empanadas en el pueblo. Bajó las cajas y se las dio a la colorada.
- Bichi, andá calentándolas.
Y las dos mujeres fueron a la cocina, a poner las empanadas en el horno. Reluciente la cocina.
- ¿Tenés heladera con canillita en la puerta? Como en las películas yanquis.
- Al Gordo no lo podés parar cuando compra cosas. Siempre lo más caro, viste como es.
- Ángel el regaló a Miguel la moto
- ¿Viste? Son iguales. Linda, la moto.
- No sabés cómo anda. Hasta acá le puso 10 minutos desde la salida.
- Sí, los vimos. Yo le decía al Gordo estos se van a reventar contra un camión.
- Ja. A Miguel le encanta la velocidad y a mí también. Siempre soñó con ser corredor, ¿viste? Pero es un deporte caro.
- No te preocupes. El Gordo me contó que Ángel quiere darle una mano a Miguel. Ángel es bárbaro. Yo al principio le tenía un poco de qué sé yo, miedo, pero después me di cuenta de que era un tipo divino.
El Gordo y Miguel estaban sentados en los sillones cuando las mujeres volvieron con una fuente llena de empanadas. El Gordo contaba chistes y se reía a los gritos. Había dos botellas abiertas, una vacía, en el suelo, junto a la estufa.
Cuando llegó el auto, sólo lo escuchó el Gordo. Porque lo estaba esperando, después de un llamado al celular. Ángel había sido terminante: ni vino ni falopa a partir de este momento.
- A los demás, hasta por el culo, vos parás.
- Te hice caso, Ángel, dos copitas de tinto y nada más. Vos me desconfiás, pero yo sé cómo hacer las cosas, Ángel. Vení si querés.
- Ya salgo para allá.
Y allí estaba. Estacionó entre los árboles de la entrada, una sombra más. Los perros ladraron pero ni el encargado ni la mujer se deben haber dado por enterados, como hacían cuando el Gordo caía con sus amigos.
Como habían convenido, el Gordo empezó a apagar las luces y cerrar las ventanas.
- Nos tenemos que ir, me acaban de llamar urgente.
- Bichi, justo ahora que se estaba poniendo bueno.
La pendeja estaba emputecida, el Gordo ni la miró. Solamente se ocupó de Miguel. Estaba dado vuelta, pero podía caminar, todavía. La novia dormía desparramada en un sillón.
- A la gorda puta esta la voy a tener que cargar en el auto. Ayudame, colorada, dale.
Y entre los dos la pusieron en el asiento de atrás del auto del Gordo. Miguel se subió a la moto. El Gordo arrancó adelante, a toda velocidad. La moto tardó en reaccionar.
- Me querés cagar. Vas a ver cómo levanta este fierrito – gritó Miguel, justo como para que lo oyera Ángel, bajo la sombra de los árboles. El otro, ni se enteró de su presencia.
La tranquera la cerró Ángel, el último en salir. Manejó despacio por la ruta hasta que unos metros más adelante alcanzó a ver un chisporroteo antes de oír el ruido de metal estrellado. Al llegar a la cabecera del puente, esquivó lentamente los pedazos de hierro y se detuvo junto al bulto desparramado sobre la ruta. Sin bajarse del auto, lo observó atentamente: no se movía, como era de suponer. Ni casco se había puesto, el pobre. La ruta estaba desierta, nadie había escuchado nada. Aceleró suavemente. A la mañana se enterarían los de la cana por el primer coche que pasara. Entonces podría empezar con los trámites. Ahora a descansar.
martes 27 de octubre de 2009
EL INVESTIGADOR (4)
“... se procedió a la extracción de tejidos blandos existentes en la región malar izquierda, sitio donde se aprecia en una de las fotografías existentes en autos un bultoma y coloración rojiza, que podría corresponder a una lesión para su estudio anatomopatológico... A continuación se procedió al lavado del cráneo pudiéndose observar en el hueso malar izquierdo en la zona que comprende el reborde orbitario inferior, una coloración rojiza, de un centímetro de ancho por tres centímetros con cinco milímetros de largo, hallándose similar coloración en la articulación de dicho hueso con la arcada orbitaria del frontal. Se procedió al aserramiento del hueso malar izquierdo del cual se extrajo parte del mismo conjuntamente con maxilar superior y piso orbitario para estudio anatomopatológico...”.
Una piña, entonces. Le dieron una piña.
En conclusión, dice el informe:
“De la inspección de los restos se ha podido apreciar en el hueso malar izquierdo una coloración rojiza de un centímetro de ancho por tres y medio centímetros de largo, que se correlaciona topográficamente con un bultoma observable en las fotografías de fs. 15 (inferior) y 16 (superior) de los antecedentes de autos aportados. Respecto a la misma se procedió a estudiar anatomopatológicamente y de cuyo estudio no surgieron lesiones vitales en el plano óseo interpretándose –en opinión de los suscriptos- que dicha zona rojiza correspondería a un teñido superficial del hueso producto de un hematoma de partes blandas suprayacentes. Dicho hematoma es interpretado como producto de una acción traumática con o contra un elemento duro y romo”
Lo mataron, al pobre tipo lo reventaron. Le dieron una piña y lo mataron.
“A modo de conclusión, dado el avanzado estado de putrefacción cadavérica de quien en vida fuera ANTONIO CORVALÁN, no se puede determinar con rigor científico las causales del deceso, siendo razonable admitir sin poder afirmar, y atento el acta de autopsia realizada por el médico de policía el óbito del nombrado habría sido producto de una asfixia por sumersión.”
Le dieron una piña, lo durmieron y lo tiraron a la laguna. Y después se cobraron los seguros.
¿Alcanza con esto? ¿Alcanza con esto para un juez? ¿Alcanza con esto para que un juez los meta adentro 20 años? Nunca alcanza, siempre falta algo.
LA BANDA (4)
- Héctor va a ser un problema pronto.
- ¿Por?
- Anda dudando mucho, hace cuestionamientos.
- La que no me gusta nada es la mujer, Gordo.
- Pero es la forma de agarrarlo a él. Si se quiere hacer el boludo, ella está tan involucrada como él.
- Tiene esa cara de ama de casa esforzada que no me termina de llenar...
- Pero esa cara es lo mejor que tiene. ¿Vos viste que tiene cara de nada? ¿Quién se acuerda de una cara de nada? No habla mucho, no grita, es medio pelotuda, ¿qué más querés?
- Metela más a fondo. Hay que avisar a la escribanía que la pongan a ella de presidenta de la sociedad que está por salir. Vos hacele la firma. En los próximos seguros que saquen, vos, Darío, el que sea, ella va de beneficiaria. En todos. Armen varias carpetas. No usen las que se están cayendo.
- El pibe de la compu estaba armando más formularios.
- Tomá, acá está el DNI de Guillermo.
- ¿El de tu hermano?
- ¿Y qué hay? También tengo el tuyo, Gordo.
EL INVESTIGADOR (5)
Yo soy el que no encuentra quién lo escuche, me dijo el pelado que me llevó mi hermano. Yo soy el que escuchó y ahora no tiene a quién contárselo, me dijo esa mañana en la cocina de la quinta, mientras Marcela tomaba sol y me esperaba.
Hablé con el comisario y me recomendó silencio, con esa manera sinuosa que tienen los comisarios de recomendar silencio, me dijo el hombre que había traído mi hermano mientras yo pensaba que de estas cosas he escuchado tantas ya, que no valía seguir prestándole atención.
Hablé con las fiscales de Necochea y por poco se abrazaban pidiendo que me callara, me dijo el pelado y yo no veía la hora en que se fuera.
Hablé con la revista de Lanata y me dijeron que no valía la pena escucharme, me dijo el hombre que había traído mi hermano y yo me pregunté por qué tenía que hacerme cargo yo, un infeliz fiscal adjunto de un juzgado pobre en un pueblo perdido, de un idiota que buscaba sus 15 minutos de fama.
Que no era noticia lo mío, me dijeron, y yo no intento que sea noticia: intento que me escuchen, porque tengo miedo, me dijo el pelado y yo pensé que ya no tenía tiempo, ni ganas, ni entusiasmo para oírlo.
¿No va a ser noticia?, me preguntó el hombre que había traído mi hermano a mí, que soy abogado y no periodista, ¿una banda que les hace seguros de vida a unos infelices y los mata para cobrarlos? ¿Porque no hay políticos involucrados, porque no está Menem ni sus ministros, porque no hay policías de la Bonaerense?, me dijo el pelado mientras mi cerebro empezaba a hacer ruido y la vista se me pegaba a la cara del hombre flaco y tan alto, y el corazón me empezaba a latir a mil por horas y desaparecían la quinta, mi hermano, Marcela, el calor, el olor a chorizo y la perspectiva de la pileta.
LA BANDA (5)
- Hola, Héctor, ¿cómo va todo?
- ¿Quién es?
- Ángel, ¿quién va a ser? ¿Todo en orden?
- Sos vos, vos me los mandaste. Fuiste vos, hijo de puta.
- Héctor, que manera de hablar, delante de representantes de la justicia.
- Vos me mandaste la cana.
- ¿Yo? La policía actúa solo por orden de un juez, con una orden de allanamiento.
- ¿Allanamiento por qué? ¿Qué me hiciste? ¿Qué me armaste?
- ¿Armaste? Pobre inocente, Héctor. Si estás limpio, no va a pasar nada. Ahora, si tenés el culo sucio...
- ¿Qué es lo que querés?
- Nada, Héctor, nada. Esto es una muestra. Me enteré de que andás medio indeciso, buscando abrirte. Tenés un antecedente por estafa, qué lindo para el juez cuando encuentre una carpetita, un documento con tu foto... ¿Dónde están revisando ahora? ¿En la casa o en el negocio de tu mujer? Uy, qué terrible si también a ella le encuentran alguna de las mil firmas que puso. Contame, que por teléfono no se ve: ¿dónde están metiendo sus deditos ahora los servidores del orden?
- Mirá, Ángel, no sé qué te dijo el Gordo, pero yo no hablé. No le dije nada a nadie. No soy tan tarado. Vos no le creas al Gordo, que sabés cómo es: tiene el cerebro medio comido y si lo agarrás empastillado es capaz de cualquier cosa. No le vas a andar creyendo a un falopero. Yo no voy a sacar los pies del plato así como así.
- Mejor todavía. Y ahora te corto, porque seguramente su señoría querrá hacerte algunas preguntas, tendrás que presentarte a declarar. Pero no tengas miedo, porque si sos inocente nada te va a pasar. Un beso a tu mujer.
- Ángel, no me podés hacer esto.
- Bueno, puedo recomendarte un abogado de confianza. El doctor Mariscal, de Mar del Plata. ¿Lo conocés?
- Por favor, Ángel. Por favor.
- Qué terrible noticia será para el doctor Mariscal enterarse de lo que has hecho. Vaya a saber cómo lo irá a tomar, a su edad.
- Por favor, Ángel. No sigas. Volvé esto para atrás, te lo pido. Están mis pibes. Despegá a mi mujer, por lo menos.
- Voy a ver si puedo hacer algo. Siempre que te portes bien, Hectítor.
EL INVESTIGADOR (6)
Vos podés ser el próximo me había dicho Héctor, me dijo el hombre que trajo mi hermano, ese sábado cerca del mediodía, en Balcarce. ¿El próximo qué?, me contó que él le preguntó sin entender. Entonces, me dijo, Héctor había hecho el gesto de pasarse el filo de la palma de la mano por la garganta. No es una amenaza –me dijo que le había dicho Héctor – porque yo también voy a ser un próximo.
Y siguió diciendo, mientras yo ya no miraba por la ventana cómo Marcela tomaba sol y mi hermano hacía el asado y las visitas iban llegando de a poco.
Era verano, me contó. El Gordo estaba viendo los novillos, lo veíamos los dos, Héctor y yo, me dijo, mientras fumábamos apoyados en una tranquera. El día estaba lindo, el sol apretaba y a mí, me dijo, ya se me había mojado toda la camisa. Héctor apuntó al gordo con la cabeza y le dijo, me dijo el flaco pelado:
- Ahí lo tenés a tu amigo. ¿Quién diría, no?
- ¿Quién diría qué?
- ¿Sos o te hacés?
- No tengo idea.
- Tan buenazo que parece y tan hijo de puta.
- ¿No te estás pasando un poco? Después de todo, vos también vivís gracias al Gordo. Y Ángel, por supuesto.
- Viviendo hasta que decidan ellos.
- ¿Decidan qué?
Y ahí fue, me dijo el hombre que había traído mi hermano, que Héctor le había dicho lo del próximo y le había hecho el gesto. El hombre pelado me dijo, entonces, que a él le pareció imposible de digerir. Y que por eso le dijo lo que me dijo que le dijo, que el Gordo se podría pasar de merca, hacer “picardías comerciales”, como siempre decía él pero de ahí...
- Sí, sí, me dijo el hombre flaco que le dijo Héctor, se caga de risa de todo, te da hasta el calzoncillo si se lo pedís, se gasta un fangote en una noche con los amigos, le trae regalos a tu vieja, sabe cocinar, nunca tiene problemas con nada excepto con la falopa, y vos le comprás un auto usado y le prestás a tu hermana. Pero el Gordo, en cuanto Ángel se lo mande, te mete un chumbo y chau Damiancito. Eso sí, seguro que llora por vos y te manda rezar una misa. Todo esto me dijo el hombre flaco que le había dicho el otro. Y que cuando él le había planteado si no se estaría pasando. A lo cual el otro, el compañero le había contestado con otra pregunta: ¿Vos sabés bien para quién trabajás?
El hombre que había traído mi hermano me pidió agua, más para hacer una pausa que para detener la sed. Después de beber continuó, esta vez sin detenerse. El Gordo, me dijo, estaba abrazado al dueño de los novillos. No escuchábamos qué estaban diciendo pero seguramente le contaba cuentos: nadie como el Gordo para contar cuentos. Más allá, el peón que había juntado la hacienda se bajó del caballo y se acercó hasta donde estábamos con Héctor, a la sombra. Me tiró una botella con agua. La tomé con desesperación. El peón me miró raro, sin decir una palabra como hace la gente de campo. No solo me había mojado la camisa, estaba empapado de sudor, y el calor no era para tanto.
El Gordo y el dueño de los novillos se llegaron hasta el Peugeot bordó que estaba bajo los árboles con las puertas abiertas. De la guantera sacó un sobre, anotó algo, le dio un papel al dueño de los novillos, todo esto sin dejar de hablar ni sonreír. Después se dieron la mano con efusión, el Gordo palmeaba al de los novillos. Héctor me miraba, nada más. Y tenía una mueca rara en la boca, como de lástima. Lástima por mí.
En el camino de vuelta, me contó el hombre que quería que alguien lo escuchara, viajamos en silencio, porque el Gordo capitalizó toda la charla, como siempre. Pero nos bajamos a cargar gasoil, el Gordo se fue al baño y Héctor volvió a hablar. Yo me sentía mareado: la voz de Héctor me llegaba desde otra dimensión y me contaba acerca de un hombre en una moto, estrellado en el cruce de Etcheverry, una moto que le había regalado Ángel. Me daba datos, que yo no podía procesar, porque del muerto nunca había oído antes ni me interesaba. Héctor debió verme la cara, porque sacó ases de la manga. Me habló de la muerte de Romero, el remisero, de la de la mujer de Rogelio – a quien, me dijo, había querido mucho-, de la del dueño del negocio del Once.
De Romero, dijo el hombre flaco mientras yo tomaba notas en un block de propaganda que mi hermano tenía sobre el aparador de la cocina, yo sabía que había sido un accidente, aunque supuse que le había venido muy bien, por lo de la mina. De la mujer de Rogelio, que le había dado un ataque de presión. Pero de la del dueño del negocio del Once al que siempre lo llevaba a Ángel no tenía dudas: un auto en la Panamericana, un cadáver al volante con cinco tiros, el movilero de Crónica que me había sorprendido en la cocina de mi propia casa, con la foto y los datos de un conocido en la televisión.
- Tenía más de 170 cheques de Ángel rebotados – dijo el hombre que le dijo Héctor – Los otros, seguros de vida a nombre de gente controlada por Ángel. Ah, y sumale también el galpón de Mechongué, que no se incendió, como dijeron, porque le cayó un rayo encima, dijo el hombre que le dijo Héctor.
En eso, me contó el hombre que mi hermano me había presentado, tuvimos que parar porque el Gordo estaba acercándose, charlando con el encargado de la estación de servicio. Antes de que estuviera lo suficientemente cerca como para escuchar, Héctor me miró raro, con una casi sonrisa. ¿Vos perdiste los documentos, verdad?, me dijo. Y ahí entendí lo de “próximo”.
A partir de ese momento, me contó el hombre pelado, no quise volver a encontrarme a solas con Héctor. En los días siguientes a la compra de los novillos viajé varias veces con Ángel, a Mar del Plata, a Buenos Aires, de ahí rebotando a Necochea, a Balcarce otra vez. Kilómetros hice con Ángel, hablando de todo y de nada. Escuchando, a mi pesar, las palabras de Héctor, rellenando silencios y odiándome por todas las conjeturas. En varios días no pronuncié pero oí repetirse hasta el infinito la palabra “próximo”.
Estaba desesperado, no sabía qué hacer. Hablé con mi madre. Pero yo al Gordo le he dado de comer, repetía a cada rato, porque mi madre siempre le dio mucha importancia al hecho de compartir la mesa. Había sido criada por una familia de italianos cerrados, en las quintas cercanas a la ciudad. Creía en una especie de hermandad de la alimentación y el Gordo había sido su huésped más de una vez.
Ella, me dijo el hombre flaco, fue la que quiso hablar con el Gordo: yo temblé pero sabía que no se iba a volver atrás. Y habló. Habló con el Gordo, no más. Habló y le dijo lo que sabíamos. Mintió un anónimo, mintió comentarios de peluquería, mintió sospechas en las que no creía; no mintió cuando pidió aclaraciones. El Gordo, me dijo el hombre, contestó como era de esperar:
- Irene, son todas mentiras. ¿De qué le hubiera valido a Ángel matarlo al socio, si la mujer del muerto todavía tiene un montón de cheques que se lo estamos pagando?
- ¿Y la mujer de Rogelio?
- ¡Pero vos te creés todo! Le dio un ataque de presión de la puta madre. Se cagó muriendo de un ataque de presión. En el Argerich, se murió. ¿Cómo te creés que se puede hacer para que a una vieja le dé un ataque de presión? ¿Con un compresor de gomería? A vos te va a dar un ataque de presión si seguís haciendo caso a todas las boludeces que se dicen. Vos me conocés bien. No soy un santo, lo sabés, pero esto que me decís es cosa seria. Cargarse a alguien es serio, y Ángel es incapaz de matar una mosca. ¿Qué tenés esta noche para comer? ¿Me vas a invitar, no?
Esa noche, el Gordo cenó con nosotros. Contó chistes, se comió tres porciones de pastel de papa, tomó bastante, fue gracioso y amable como nunca. A partir de ese día, no lo vimos más.
Días después, me dijo el hombre pelado, apareció Ángel en casa. Me preguntó qué era eso que andaba diciendo mi vieja. Se lo repetí. Quién te lo dijo, me dijo el hombre que le dijo Ángel. Un anónimo, me dijo que le mintió. Es cierto, me dijo el hombre que le dijo Ángel, pero probameló.
LA BANDA (6)
- Alcanzame esa carpeta, Gordo.
El Gordo estaba jugando al solitario en la computadora. Hacía rato que Ángel lo había mandado a llamar pero no le había prestado la más mínima atención.
Brian estaba concentrado en su máquina. Al llegar, el Gordo lo había palmeado en el hombro y le había hecho un chiste. El otro ni siquiera lo había mirado. También había intentado empezar una conversación.
- Decime, con esto podés meterte en las tarjetas de crédito, ¿verdad? Porque yo leí el otro día en el diario que un pibe, un pibe como vos, no más, había juntado no sé cuánta guita haciendo eso. No sería mala la idea, Ángel, ¿verdad?
- Gordo, callate que no me dejás trabajar.
Un pedido de Ángel nunca admitía desobediencias, así que el Gordo se dedicó primero a mirar por la ventana. Las sierras ni se veían aunque estaban ahí nomás, a unos metros. La niebla era espesa y la humedad atravesaba la piel. Pensó que el día, avanzada la mañana iba a ponerse lindo, pero se cuidó muy bien de hacer ningún comentario. Tal vez pudiera irse un rato al campo. La colorada no tenía que laburar, le había dicho, y en una de esas se podían ir para allá. Linda piba, la colorada. Chiquita, eso sí. No le había creído los 19 que acusó, pero daba lo mismo. No lo iban a andar condenando por estupro, precisamente. Estaba buena la colorada. Tendría que llamar a la mujer del encargado para que le acomodara la casa, que prendiera el hogar porque debería estar helada. Vieja de mierda, la mujer del encargado. Nunca lo miraba bien. La última vez le había preguntado haciéndose la boluda “¿no trajo a la amiga la señorita? ¿Van a ser dos nomás esta vez?”. Vieja pelotuda, que tiene que andar metiéndose. En cualquier momento va a haber que rajarlos. Lástima que el hombre anda bien. Es ella la jodida.
- ¿Vos hiciste la carpeta a Buonarotti?
La voz de Ángel lo trajo de vuelta al estudio.
- ¿Buonarotti?
- Miguel Ángel, boludo.
- Pero no se llamaba Buonarotti.
- Sos tan ignorante que ni un chiste se te puede hacer.
- Angelito, el chiste es que vos estés haciendo un chiste. Después me lo explicás.
Y el Gordo estalló en una carcajada que apenas logró que Brian lo mirara por una décima de segundo.
- No te enojes, que era un chiste.
- Decime lo que te pregunté.
- No, no fui yo. Lo hizo Héctor.
- Bueno, entonces hay que darle punto final. Acá ya me están llegando los cierres de cuentas. Cuatro cerraron.
- ¿Cuántos seguros tiene?
- Tres. No entiendo por qué no le hicimos más, si había sacado más carpetas.
- Creo que ahí hubo algún problema. No me acuerdo qué. Pero habría que preguntarle a Héctor.
- Pero no me lo documentaron, carajo. Son unos pelotudos, vos y tu amigo Héctor. No se puede creer que haya gente tan inútil.
El Gordo volvió a mirar por la ventana. No era estúpido y no le interesaba hacer enojar a su jefe. Sabía perfectamente hasta dónde podría llegar.
- ¿Y la del linyera?
- Esa sí la hice yo. Dos seguros le sacamos. En Seguridad Asociada de Avellaneda. Hará menos de un mes que fui. El tipo está de sereno en la constructora. Qué agradecido que estaba, lo que le habíamos dado laburo. Un techo para dormir, decía. No cuida un carajo porque se remama todas las noches, pero no importa. Es por un tiempo, verdad
- Bueno, se le terminó el tiempo también. Arreglamelo al linyera y a Miguel Angel.
- El linyera es fácil. Se le puede caer un ladrillo en la cabeza.
- No seas boludo, que si es accidente de trabajo se complica. ¿Ves que sos un tarado, Gordo? Te está comiendo el cerebro la droga, a vos. Tenés que parar con eso de una vez.
- Angelito, Angelito, no te pongas así. Lo ahogamos en el arroyo Sarandí.
- Poca imaginación, Gordo. ¿Dos ahogados?
- Da resultado, no te preocupes.
- Bueno, dale. Total, como anda siempre en pedo quién va a sospechar si se resbala al agua. Pero fijate dónde lo hacés ahogar. Lo del arroyo lo habrás dicho en joda.
- Vos despreocupate. Eso dejalo en mis manos. Por Punta Lara siempre se ahoga gente.
- ¿Y Miguel Ángel?
- Ese nos va a costar un poco más. Está la novia, que jode.
- ¿Tánsito, te parece mejor?
- Sí, esa sería la forma. ¿Tiene auto, el croto ese?
- No, una moto hecha mierda.
- Regalale una nueva.
- ¿Te volviste loco?
- Regalale una nueva, de buena cilindrada. Lo empastillás hasta las orejas y lo largás en la moto para que se estrole bien estrolado.

